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Mitos - Leyendas
LEYENDA DEL GUAVIRA
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30-11-2017 13:30:23 | Mitos - Leyendas
nota

El Guavira es un árbol bastante corpulento y frondoso, poco más que el naranjo. Sus frutos tienen una especial dulzura porque se le agrega un cierto gusto ácido que le hace muy peculiar. Es casi silvestre. Nadie se ocupa de sembrarlo, aunque en localidades del interior, y aún en las ciudades, aparecen en los patios. Son los pájaros los que esparcen sus diminutas semillas, y la especie se perpetúa.

Según la historia sagrada guaraní, el Guavira es el primer fruto creado por Ñanderyke'y, para consolar a su hermanito Gemelo que lloraba sin descanso al desarmarse el esqueleto de Ñandesy, muerta por los tigres (los Añá), cuando el Mellizo mayor estuvo a punto de resucitarla. El menor se apuró por mamar y esparció de nuevo los huesos.

Los niños buscan afanosamente por los montes el Guavira, como asimismo, el aguaí, yvapüru, el pakurí, ñangapiry, arasá y otros frutos silvestres. Cuando es la época y lo encuentran, se dan un festín gozoso. La comercialización de estos frutos es escasa, se los va dejando de lado, salvo el arasá y el aguai, en la preparación de dulces.

Hay vados tipos de Guavira, el común, el pytä, que son árboles, y el Guaviramí, que es un arbusto, cuyo fruto es el más dulce, sin acidez. El de la leyenda es el guavirá pytä, cuyas propiedades se suponen son mágicas. Dicen que su consumo tiene la propiedad de hacer olvidar el pasado. Lo usaban los Paje para lograr que alguien olvidara algún amor no correspondido o alguna pena que lo aquejara. Para conseguir la amnesia, se hierven las cáscaras del guavirá y la infusión debe ser tomada por quien desea olvidar algo o a alguien.

La leyenda cuenta que un apuesto español había sido tomado prisionero por un grupo de guaraníes. Llevado al Táva, lo recluyeron en uno de los ranchos, atado a un poste. Estaba herido y a su cuidado vino una "kuñataí" (muchacha) que muy pronto se enamoró de este joven de bigotes, de tez blanca y extrañas vestiduras. En las sucesivas visitas, para curarlo y alimentarlo, vestía sus mejores prendas y ceñía sus brazos con ajorcas coloridas para demostrarle su simpatía y atraer su atención. Como el español no daba señales de entender sus mensajes, al aliviar sus heridas con jugos de hierbas y apósitos de Ka'a, lo acarició en varias oportunidades, pero tampoco encontró eco a sus insinuaciones. No entendía la pasión que bullía en el corazón de la joven indígena.

Un día, despechada por la indiferencia pero con el fuego bajo su piel, le dijo directamente: "Rohayhú" acariciándole la cara. El joven prisionero entendió muy bien la situación, y en su deplorable guaraní, consiguió hacerle entender que él estaba comprometido en su lejana tierra y tenía que volver junto a su amada. Desconsolada, la joven fue a consultar con el Paje de la tribu. Este le aconsejó lo que debía hacer. Al día siguiente, entraba a la choza el prisionero con la más amable sonrisa en los labios, le ofreció al español un cuenco de Hy'a (calabaza) con una infusión de cáscaras de guavira. El lo tomó contento creyendo que la muchacha había comprendido su situación y sus compromisos, que ya sólo la amistad y la buena atención tendría de parte de la kuñatai. Pero, muy pronto "el fruto del olvido" hizo sus efectos, y día a día, el afecto amistoso del español fue trocándose en atracción amorosa. Había olvidado su tierra, su familia y su novia. En poco tiempo era un enamorado de la joven de ajorcas que lo atendía cariñosamente. El fruto del guavira pytá produjo la magia del olvido y del enamoramiento. El español quedó a vivir entre los guaraníes y se produjo la fusión de sangre y de cultura.



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